I
Te escribiré a tinta fría oh alma gemela,
Que naciste en mi corazón cantando tu celosía,
Que al mirarme tan pronto, de hecho, te reías,
Corrías
a abrazarme y verme sin envidia,
Con tu corazón latiendo y diciendo recordarme
cada día,
Y a mi ser alpinista, llenar tu manía.
Enamorándome con tu nombre blanco, a mi corazón
consumías,
Hermoseando mi alma, te reías,
En mi “metalmente” pluma, tu faz desnuda
revivías,
Como lluvia fresca en nuestro primer día,
Tan llorona y de leche y miel, llena.
¡Que recuerdo!
Inspirada siempre y sin cobardía venias,
Saludándome de lejos me decías,
Chino…hasta otro día,
Con redondos de amor y tanta valentía.
Oh alma gemela, heme aquí tu tesoro escondido,
Ven renueva mi vaso vacío,
Que a tu lado soy tan hombre de trapo,
Abraza mi corazón callado,
Y permanezca siempre en mi pecho tardío.
Tierna palomita…toma mis alas,
Y vuela conmigo hasta la ventana,
Seamos unos versos andantes,
Con pasos “rimantes” y brazos del más allá,
“Sumbalando” con frescos alisios y contemplando
ricos prados,
Al compás del multicolor sol naciente.
¡Oh que recuerdo dormido!
Tomaste mis pasos al borde de tu eternidad,
Como el chillido de un niño por su deidad,
Tan ansiosa volviste a mí, diciendo consigo,
¡Ese chino!
Llena de mística y puro amor.
II
¡Angelita mía!
¿Dónde andas sin ver tu “cincelada” alma
gemela?
¿Acaso no dueles tu andarme que herido gime y
mirando arriba llora por la saeta de tu viejo calzado?
Oh sangre mía,
Toma tu mano, y mira el aire perezoso
paseándose al borde de tu vaso vacío,
Reconozca tu propio anillo, y cárgame en tu
barbilindo cancionero,
Que anda por doquier, tomado en la mano su sin
querer,
Con su verso andante enamorada y callada de
puro amor.
¿Acaso ignoras tus pies al calzado de tu
corazón gemelo?
¿O puedes a tu pluma escribiente congelar en el
libro de tu vientre?
¡Oh paz dormida!
Mira tus labios, que de ti quieren reposar el
néctar de tu tierno alelí.
Abrazándole busca tu consuelo,
Porque paz…tu eterno compañero es,
Es tu corazón que se duele mucho al morir,
Que ríe mucho al ver su dulce respiro, flamear,
Y llora mucho al rosar su beso vacío en el
amanecer.
¡Oh alma gemela!
Tú que llevas mi prenda colgada, como en la
cabeza tu almohada,
Sabes mi aliento sufrir, mi pañuelo mojado
inquirir,
Porque mi respiro dormido llevas en ti,
Escondida en tus alas frescas como el colibrí.
¡Oh alma gemela!
Yo con tu mano escribo, y tú con mis pies
vienes,
Traes mi propia memoria,
En el
libro de tu vientre tienes escondida,
Con redondos de amor,
Con tu pláceme santa, franca y sin trecho,
Reparas nuestro sin igual nombre callado,
Que por siempre y siempre, flameando,
Seremos uno.
Angelita mía,
¡Donde andas dejando tus ojos sin mirar?
Recuérdate de tu sentarme y andarme,
Que siempre debes mirarme, para nunca
olvidarte.
III
Lucesita dormilona…
¿Acaso ajeno es, lo que soy yo en ti?
Ignoras mi muladar, porque no eres tú cuando
estás ausente,
Solo escondes mi rostro engañándote,
Pues debes venir, y reclinar tu nombre capital,
En la memoria de mi resentido calcañar;
Y saber que solo tú eres yo,
Fabricado en tu calcado corazón.
Pues ignoras tu garza exigua y volteas la
moneda,
Adivinas la suerte y mueves la cuerda
resistente,
Porque vives letal y opaco,
En tanto… sin mis ondas de puro hombre,
alumbrar no puedes.
Pues sabes de ti, que soy el canal que regresa
el agua a beber,
Porque vivo estoy en tu ataviado andarme,
Que, sin mi sopor trivial, no puedes tu alma
refrescar.
Dejas mi bandera flamear,
Porque entonces tu misma eres, original en mi
página dormida,
Que te dedicas, mi árbol regado, adornar,
Haciendo panales de miel y dejando tus
avecillas volar,
Sabiendo que yo soy, causa y efecto de tu
perfecto ser.
Entonces, ¿Por qué no puedes levantar tus alas
por tu néctar?
¿Acaso soy ajeno nuevamente en ti?
Mírate, que tu odio no es mío,
deja de ser, y en mi, tu no existir,
para ser nuevamente de voz aparente,
y caminar con tu espíritu y tú con mi alma.
Lucesita…
¿Cómo debías tener mi género, mi respiro, mi
caminar y mi ser, en tal corazón exigua?
Déjale siquiera un momento mi aliento ausentar,
No sufras pasión valiente,
Te tengo, porque entonces estas bien,
No niegues el aire a refrescar,
Es mi soplo de vida que te ventila y mi
palpitar que te anima,
Sosténgalo y acompáñame reposándote,
Porque entonces, oh Lucesita de mi alma,
ser tu vivir y revivir en todo tu postrer.
Lucesita, pues lo que soy en ti,
Que viva como el carmesí.
BARRO PARTIDO
¡Oh mundo de vida!
Vuelve y
recuéstate con tu polvo gemelo,
Ansía y
recuérdate, que fui tu tierra también.
Devuelve mi
otra mitad, que tal vez es lodo ahora,
Reclina tus
cejas quemantes,
Y sécale
por caridad,
Porque tal
vez,
Levantándose
con sus huracancitos, vuelva a pasar su beta morado,
O en el
manto de su alisios cielo,
Baje
ataviada por fin.
Porque,
estirarme no puedo oh gigante,
Ni jurar el
rescate de mi pedregosa,
Solo soy un
tipo grabado en esta roca,
Que
recuesta su cabeza en su faz resistente,
Que anhela
su tierno parecer,
Y no de su
cuerpo letal carecer.
Izquierda
nomas soy ahora,
Que ni ver
ni caminar puedo sin tu muladar,
Devuélveme
tu barro prestado,
Aquí en mi
corazón retardado,
Que desea
recobrar su vena cortado,
Refrescar
su mente hogareña,
Y ser un
perfecto hijo trigueño.
¡Oh redondo
gigante!
Aunque sea
de amante,
Recuerda y
recobra tu imagen fulminante,
Camina con
tus pies, que deseo yo también tener,
Que solo
soy el polvillo de tu respiro,
Que piensa
horadar su herencia,
Volver a
vivir con demencia,
Y en su
inmensa Edén,
Lucir el
semblante como el perfecto “men”.
¡Oh mundo
de vida!
Revívanse
tus manjares llagados,
Para que,
doliéndose de su tierra oriunda,
Vuelvan su
fertilizante, mirando,
Para que,
llenando sus azulejos verdes,
Alégrense
de mí, tus parpados,
Y tus
mantos letales,
Sean
primaveras para el abrigador otoño,
Y más que
nadie, de puro caballero,
Y siempre
de pie,
Refresquen
a esta partícula recargado.
Recuerda
pasión creadora,
Vuélvete a
cejadas, que aquí a manito estoy,
Toma mi
recodo y duélete,
Que mis
algas dolientes se salpican;
Lleva mi
cascaron a completar,
Y vuélvanse
la dicha a encaminar,
Que yo
también soy…
Y tú, la
que giras revuelta, buscándome.
¡Oh mundo
de vida!
Lo que eres
nomas, soy de barro,
Y alfarero
tú de mí,
Pues
anímate ya, y vívele a esta senda seco,
Mi bicolor
canela, vuélvele,
Que en
rincones blandos rendido está.
Resígnate
por mi pedregosa,
Que
tiritando su alma renquea,
Lluévanse y
arrástrenle a mí,
Como una
tierna alelí,
Quédense en
mi semblante cuculí,
Entonces tu
redondo parecer,
Deje por
siempre tu fenómeno padecer.
¡Oh mundo
de vida!
¿Cuántas
veces serás tierra y a tu imagen polvorienta, en pastizales de otro cerro,
dejaras?
Mas con tu
pláceme puñado y perlas hediondez,
El asilo de
cinto duro,
Ansioso
agita su tez,
Hiriéndole, doliéndole
y sangrándole a este pobre barro partido.
Por Victor Atanacio Félix


